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PUROS Y UNGIDOS

El rey Salomón en el libro de Eclesiastés en el capítulo 9, verso 8 nos dice lo siguiente:

«En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.»

¿Cómo sería llevar a la praxis lo anterior?

La blancura da cuenta de la pureza de un corazón limpiado y restaurado por haber recibido a Jesucristo como Señor y Salvador de su vida.

Para que lo pretérito sea posible tenemos que hacer lo que está expresado en Proverbios 4, verso 23:

«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.»

Esto último me hace reflexionar lo que voy a detallar:

No fuimos creados para obrar como autómatas de manera programada: de «fábrica», sino que tenemos libre albedrío.

De eso da cuenta el pasaje de Deuteronomio capítulo 30, verso 19:

«A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoje pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia.»

Si se obra de manera honesta, sincera y haciendo la voluntad de Dios, vamos a estar en comunión con él, y por lo tanto vamos a experimentar Su presencia.

En otras palabras, el ungüento, que metafóricamente es la unción, requiere como condición sine qua non la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

Es muy importante definir qué es la santidad.

En el Evangelio de Mateo capítulo 12, versos del 22 al 37.

Los fariseos se jactaban de su santidad pero con sus acciones la negaban, ya que al no reconocer que la liberación espiritual y sanidad de un endemoniado ciego, mudo y decir que tal persona había sido desatada por Dios Espíritu Santo, habían caído en un punto sin retorno.

Por eso el Señor les dice airado en el verso 34:

«¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?
Porque de la abundancia del corazón habla la boca.»

Los religiosos de la época de Jesús decían ser santos porque formalmente guardaban la palabra del Creador. Pero con sus acciones la contradecían.

Su falta de revelación hizo que tuvieran frente a ellos al Mesías y en lugar de adorarlo, honrarlo y glorificarlo, lo llamaron *Belcebú, príncipe de los demonios.

Porque al negar la deidad del «Verbo Encarnado», implícitamente lo hacían también con la tercera persona de la Trinidad, por la cual eran restaurados todos aquellos atribulados por el mal.

En el presente, muchos dicen ser hijos de Dios, pero en realidad son hijos del inicuo.

Porque no es un título teológico, o el que levanta un ser humano el que realmente tiene sustancia como ministrador, sino todo aquel que es asignado por el Hacedor.

Lo que hace la diferencia entre unos y otros es la unción del santo.

*Belcebú: es otro nombre para satanás.
Según la demonología Cristiana es uno de los siete príncipes del infierno. El diccionario infernal lo describe como un ser capaz de volar, conocido como el «Señor de los Voladores» o el «Señor de las Moscas».
En los cultos satánicos, se considera uno de los demonios principales que conforman la falsa «trinidad demoníaca» junto a «Lucifer» y «Leviathan».

Suscribe Marcelo G. (Para lo periodístico: Margal: conductor y realizador del programa COMO PEZ EN EL AGUA, que se emite los viernes a las 23:00 hs cuando hay futbol a las 24:00 hs, por la 93.5 FM «RADIO DEL PLATA ROSARIO»)