«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.»(Romanos 8:2)
Cuando un ser humano le entrega su vida a Dios en la persona de Cristo comienza un proceso de santificación.
¿En qué consiste lo anterior?
Que el tal va dejando todo lo que es contrario a la voluntad del Creador.
¿Pero qué sería lo que va en contra de la voluntad de Dios?
El pecado. Ya que como dice el apóstol Juan en su primera carta en el capítulo 1, verso 8:
«Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.»
¿Pero qué es el pecado por definición?
La palabra pecado viene del griego «hamartia», que significa: fallo de la meta, no dar en el blanco.
¿Cómo se debe interpretar lo detallado con antelación?
Hacer cosas que van en contra de los mandamientos de Dios.
Lo anteriormente acotado, deviene del accionar de nuestros ancestros primeros y está detallado en el libro de Génesis capítulo 3.
Como sostiene el apóstol Pablo en la carta a los Romanos en el capítulo 5, verso 12:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.»
La decisión de Adán y Eva determinó la pérdida de la comunión entre la Deidad y la humanidad.
En todas las culturas se evidencia el intento mediante la religión de tratar de agradar a Dios mediante sacrificios, rituales, códigos de conducta y buenas obras.
Pero nada de lo pretérito es eficaz para justificar la iniquidad del ser.
Esto último, se patentiza en el libro del profeta Isaías capítulo 64, verso 6:
«Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.»
A partir de todo lo señalado, nadie en la historia, salvo Jesús, da talla para ser el propiciador por las «erradas al blanco» de la «corona de la creación».
Es por eso, que la única salida no la da ninguna religión sino la obra consumada del Calvario por Jesucristo.
Desde Adán hasta Moisés reinó la muerte, aún en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el que venía a ser figura del que iba a venir.(Ro.5:14)
Esa entidad era el Verbo Eterno de Dios: el Ungido; que al encarnar en el vientre de la virgen María y viviendo una vida sin pecado sería el único capaz de abrogar las «actas y decretos» que imposibilitan que no sólo el pecado sino que la muerte y el mal fuesen vencidos.(Col.2:14-15)
A partir de lo expresado, viene a cuentas citar nuevamente la epístola a los Romanos del capítulo 5, el verso 18:
«Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.»
En definitiva:
Al recibir de manera personal a Jesucristo: Dios encarnado, tenemos la gracia (favor inmerecido) de que habite en nosotros la Tercera Persona de la Trinidad: El Espíritu Santo, como garantía de la salvación.
Eso nos da la posibilidad de ser vencedores sobre el intento del demonio de esclavizarnos con el pecado.
Conviene aclarar que pecados vamos a cometer hasta que estemos en la presencia del Señor, pero ya no vamos a perseverar en el pecado.
¿Qué tenemos que hacer entonces?
Lo que imparte el apóstol Pablo en la misiva a los Colosenses en el capítulo 3, versos del 5 al 11:
«Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas.
Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca.
No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestidos del nuevo, el cual conforme a la imagen que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, dónde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.»
A manera de conclusión:
El pecado es una ley que solamente la podemos abrogar con la obra consumada por Cristo Jesús, ya que no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.(Hch.4:12)
La evidencia de lo anterior, es el testimonio del auténtico creyente, ya que como Jesús expresó: «Así que, por los frutos los conoceréis.»(Mt.7:20)





