Desde su nacimiento en 2005, deManzanas ha sido más que una banda: un experimento en movimiento, un manifiesto artístico itinerante y una respuesta colectiva frente a los moldes de la industria musical tradicional. A punto de cumplir dos décadas de existencia, el grupo rosarino se consolida como una de las propuestas más singulares de la escena independiente argentina.

Fundada por Estanislao Porta (guitarra), Nicolás Mazzurco (batería) y Germán Carbajales (voz y teclados), deManzanas eligió desde el comienzo un camino sin fórmulas: rotación constante de integrantes, apertura a colaboraciones con músicos, poetas, artistas visuales y DJs, y un repertorio que fusiona rock alternativo, funk, cumbia, reggae, canción de autor y folclore rioplatense.
“La música es el resultado del encuentro. No nos interesa sonar a lo que se impone, sino a lo que vivimos en colectivo”, resume Carbajales, hoy al frente del proyecto.
Su historia se cuenta a través de canciones —como San Martín y Tucumán, Del otro lado del río o Manual del visto— pero también de escenarios. Desde el pub Bon Scott, donde en 2011 presentaron su primer EP ante una sala desbordada, hasta festivales barriales como el Carnaval de La Sexta, donde compartieron fechas con murgas uruguayas y otras bandas autogestivas, su recorrido ha sido siempre territorial y político.
La banda también fue reconocida en el circuito de los Premios a la Música Independiente (AMI) por su labor autogestiva y su aporte a la construcción de una cultura crítica y descentralizada. En tiempos de algoritmos, deManzanas apuesta a otra métrica: la del afecto, el intercambio y la memoria compartida.
Con canciones que abordan desde el deseo hasta los incendios en las islas del Paraná, su obra es también testimonio de época. “Nos interesa retratar lo que pasa en nuestra ciudad, en nuestras calles, desde nuestras voces”, sostienen.
El uso de la manzana verde como símbolo visual —cubriendo los rostros de sus integrantes en afiches, fotos y proyecciones— es más que una referencia estética: remite a la tentación, al anonimato, al conocimiento y a lo colectivo. Una estética conceptual que define tanto como su sonido.
A 20 años de su primer ensayo, deManzanas sigue siendo una banda que muta, pero no se desvía. En cada nota, en cada verso, una certeza persiste: la música es una herramienta de construcción colectiva, un puente entre lo íntimo y lo público, y una forma de habitar —con alegría y rebeldía— el corazón de la ciudad.
Software de Seducción: crítica al algoritmo emocional
En Software de Seducción, Germán Carbajales despliega una de las letras más incisivas de deManzanas. Lejos de una simple canción romántica, el tema es un manifiesto sobre los vínculos en tiempos de digitalización emocional. En un mundo donde los afectos son editables, programables o deseables según filtros, la canción propone una resistencia poética: dejar al amor “vacío de contenido” es una forma de autodestrucción.
Desde el inicio, la letra asocia el deseo con el lenguaje de la tecnología:
“Seducción y digitalización del corazón,
Comisuras que se remiendan con Photoshop.”
La metáfora es directa y poderosa: la imagen del rostro retocado se convierte en símbolo de una subjetividad que ya no se acepta a sí misma si no es intervenida. El cuerpo se vuelve interfaz. La emoción, un archivo editable.
Más adelante, aparece un llamado a la disociación:
“Divídete y separa tu conciencia de la foto,
Puede que eso te acerque un poco más al otro.”
El verso sugiere que, paradójicamente, el desapego de la imagen podría acercarnos más al otro. Pero lo hace con ironía: ¿cómo conectar genuinamente si solo nos mostramos a través de construcciones? ¿Qué queda del deseo si lo único que toca es una proyección?
La segunda parte de la canción introduce un giro más oscuro:
“Respiras la política de autodestrucción
dejar al amor vacío de contenido.”
Aquí, el amor ya no es una experiencia vital, sino un discurso sin cuerpo, sin riesgo. La repetición final —»Falta amor, falta amor…»— no es solo un lamento: es una consigna.
En ese contexto, Software de Seducción funciona como crítica generacional. No a la tecnología en sí, sino a la renuncia al contacto real, a la vulnerabilidad, a la entrega. Habla de un sujeto emocional que se ha vuelto impermeable, que consume vínculos como se consume contenido: rápido, desechable, sin huella.
Y en esa crítica, hay un acto de resistencia. deManzanas no predica el regreso a un pasado romántico, pero sí insiste en la posibilidad —urgente y política— de sentir sin algoritmo, de amar sin interfaz.
Del rock de masas al algoritmo: ¿dónde quedó la canción con conflicto?
Durante las décadas finales del siglo XX, el Rock Nacional no solo fue un fenómeno musical, sino también un movimiento cultural con peso político. Bandas como Sui Generis, Serú Girán, Los Redondos o Charly García canalizaban las tensiones sociales, hablaban de dictaduras, de desarraigo, de juventud en estado de alerta. La canción era vehículo de denuncia, espejo generacional, grito de comunidad.
Con el avance del neoliberalismo en los años 90 y su consagración cultural en el siglo XXI, el escenario mutó: la fragmentación, el consumo individualizado y la lógica de mercado terminaron por disolver muchas de esas tramas colectivas. Hoy, la música que predomina en plataformas está atravesada por algoritmos, estrategias de posicionamiento, fórmulas estéticas recicladas y una ausencia casi total de crítica o riesgo artístico.
En este contexto, bandas como deManzanas, surgidas desde la independencia y el margen, se vuelven más necesarias que nunca. No solo porque apuestan a una estética singular, sino porque retratan una época y sus contradicciones. Sus letras son crónicas afectivas, urbanas, incómodas. Sus escenarios son reales, con nombres de calles, bares y silencios reconocibles. En un tiempo donde todo tiende a lo uniforme, su presencia es un acto de disidencia creativa.




