Por Sebastian Horacio Trovato.
Analista de Seguros y Siniestros.
Hay siniestros viales que no son accidentes. Son decisiones. Decisiones de conducir bajo los efectos de drogas, de alcohol, o simplemente de hacerlo sin responsabilidad, creyendo que “a mí no me va a pasar”. Pero pasa. Y cuando pasa, el daño no se mide en chapas rotas ni en cifras de una póliza: se mide en vidas que no vuelven.
Cada vez que un conductor imprudente provoca la muerte o deja secuelas irreversibles en un tercero, algo se rompe para siempre. No solo en la víctima directa, sino en una familia entera. Padres que ya no esperan a su hijo, hijos que crecen sin una madre o un padre, parejas que quedan atrapadas en un duelo que no eligieron. La vida que se pierde
no es un número en una estadística ni un expediente judicial: es una historia que se apaga.
Sin embargo, muchas veces el responsable no dimensiona el daño causado. Se habla de dinero, de indemnizaciones, de “cuánto vale” una vida. Y ahí está uno de los errores más profundos de nuestra sociedad: la vida no tiene precio. No hay suma que repare una ausencia, que devuelva una voz, una risa, un proyecto truncado. El dinero puede
cubrir gastos, pero jamás cubre la pérdida emocional, el vacío cotidiano, el dolor que se instala para siempre.
Lo más alarmante es la falta de empatía. La incapacidad de ponerse en el lugar del otro.
De entender que, al subirse a un vehículo bajo los efectos de una sustancia o con total desprecio por las normas, se está poniendo en riesgo a personas que no eligieron esa imprudencia. Personas que iban a trabajar, a estudiar, a buscar a sus hijos, a vivir.
Esta realidad expone una deuda pendiente: la educación vial como valor social. No alcanza con saber manejar; hay que saber convivir. No alcanza con conocer las leyes; hay que comprender su sentido. Conducir es un acto de responsabilidad colectiva, no un derecho ejercido de manera individual y egoísta.
La falta de responsabilidad al volante no es solo una infracción: es una forma de violencia evitable. Y mientras no asumamos que cada decisión en la vía pública puede cambiar vidas para siempre, seguiremos lamentando muertes que nunca debieron ocurrir.
Tal vez sea momento de frenar. De mirar más allá del parabrisas. De entender que del otro lado siempre hay alguien con una vida tan valiosa como la propia. Porque cuando
la imprudencia mata, no hay argumento, excusa ni dinero que alcance. Solo queda el dolor… y una pregunta que nos interpela a todos: ¿qué estamos haciendo, como sociedad, para cuidar la vida?





