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SOBRE LA MURMURACIÓN

En las relaciones humanas es frecuente que cuando alguien actúa de una manera que disgusta al «otro» o a «los otros» en lugar de hablarlo de frente con el contradictor por falta de carácter, temor, conveniencia o mala intención se cae en la murmuración.

El tema tiene múltiples aristas pero particularmente me voy a referir a lo citado dentro de las congregaciones cristianas cuando el destinatario de la crítica es el pastor, un líder o un hermano en la fe.

Voy a compartir varias porciones de las Escrituras comenzando por la carta a los Hebreos capítulo 13, verso 17, en dónde el autor inspirado por Dios Espíritu Santo, expresa lo siguiente:

«Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.»

Es muy claro el pasaje que acabo de transcribir. La obediencia no es una opción sino un mandato de parte del Creador, a través del escritor de la epístola.

¿Cómo habría que actuar en el caso de que el ungido imparta una doctrina errónea, estuviese en pecado, cometiese una inmoralidad o ultrajase al que está bajo su cobertura?

La respuesta es: reconvenirlo en forma amorosa y sincera a la vez para no darle legalidad al diablo.

En caso de no proceder de manera adecuada, va a pasar lo que se evidencia en 1 Corintios capítulo 10, verso 10:

«Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor.»

Lo que acabo de traer a memoria, se evidencia en Números capítulo 16, versos del 41 al 50.

En esa porción de la Biblia el pueblo murmura contra Moisés y Aarón (El primero la autoridad política y el segundo el Sumo Sacerdote <el «jefe» religioso>), a causa del juicio que había venido sobre Coré, Datán, Abiran y los 250 hombres y sus respectivas familias.

Diciendo: «Vosotros habéis dado muerte al pueblo de Jehová.»

Como la comunidad se estaba amotinando en contra de Moisés y Aarón, ellos se dirigieron al Tabernáculo de Reunión.

De pronto, la nube cubrió el Tabernáculo y se manifestó la gloria del Señor.

Ante lo cual, Moisés y Aarón se colocaron delante del lugar y el Eterno le dijo a Moisés: Apartáos de en medio de esta congregación, y los consumiré en un momento. Y ellos se postraron sobre sus rostros.

Moisés tomando la iniciativa, le expresa a Aarón que tome el inciensario, que le ponga fuego del altar y le echase incienso y que vaya rápidamente hacia los congregados para purificarlos, ya que Dios estaba enojado con ellos y la plaga había comenzado.

Acto seguido, Aarón se colocó entre vivos y muertos para expiar el pecado y la plaga se detuvo.

La consecuencia de la rebeldía fue la muerte de 14.700 personas sin contar los que habían fallecido por la rebelión de Coré.

Todo lo mencionado hasta aquí, el «cuchicheo» es de parte del «pueblo de Dios» al liderazgo.

Pero el Apóstol Santiago nos deja en su misiva en el capítulo 4, versos 11 y 12 algo más amplio con respecto a la murnuración:

«Hermanos, no murmuréis los unos de los otros.
El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez.»

Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para juzgar a otro?»

La palabra para murmurar que se utiliza en ese pasaje en el original es el vocablo griego «Katalaleite» que significa «hablar en contra de».

Pero hay ocasiones en donde hablar en contra de tu hermano es necesario pero siempre frente a él.

Por ejemplo: cuando un hermano nos ha ofrecido o ha pecado.

Al respecto, el Evangelio de Mateo es muy claro en este aspecto en el capítulo 18, versos del 15 al 17:

«Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.
Mas si no te oyere a ellos, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.
Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.»

Marcelo G.