En el marco de un nuevo 24 de marzo, voces del ámbito social y académico reflexionan sobre el pasado reciente, el presente político y la vigencia de los derechos humanos en la Argentina.
En un mes cargado de significado para la historia argentina, el 24 de marzo vuelve a instalar preguntas profundas sobre la memoria colectiva, la democracia y los límites del poder. A casi cinco décadas del golpe de Estado de 1976, el debate no solo se mantiene vigente, sino que adquiere nuevos matices en el contexto actual.
Durante una entrevista en nuestro streaming Así es Nuestra Vida, Edit planteó la necesidad de reflexionar sobre lo ocurrido aquel 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas, con apoyo de sectores civiles y eclesiásticos, interrumpieron el orden democrático e instauraron una dictadura marcada por el terrorismo de Estado.
“Cuando uno no está de acuerdo, tiene que esperar las elecciones y expresarse en las urnas. Pero en ese momento decidieron exterminar al que pensaba distinto”, señaló, en referencia a la lógica represiva que se impuso durante el período.
Para profundizar el análisis, participó el profesor de historia Gustavo Guevara, quien contextualizó el golpe dentro de una سلسلة de interrupciones institucionales que se venían produciendo desde 1930, aunque destacó la particularidad del último proceso militar: “Este golpe llevó la represión a un nivel extremo, con secuestros, torturas y desapariciones que hoy son objeto de estudio en todo el mundo”.
Guevara remarcó que el accionar represivo no fue aislado, sino que contó con complicidades civiles y un proyecto económico definido. “Hubo una participación activa de sectores del poder económico y también una política educativa orientada al disciplinamiento social”, explicó.
En ese sentido, se recordó que tras el retorno de la democracia, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) documentó miles de casos en el informe “Nunca Más”, pieza clave para el posterior Juicio a las Juntas, considerado un hito internacional en materia de derechos humanos.
Sin embargo, uno de los ejes más fuertes del diálogo giró en torno a la actualidad. La conductora advirtió sobre discursos que, según su mirada, vuelven a instalar lógicas de confrontación extrema: “Hoy se habla de ‘exterminar’ al que piensa distinto. Eso no es debate democrático, es un retroceso”.
También cuestionó la posible vulneración de principios constitucionales y alertó sobre la erosión del equilibrio entre poderes del Estado. “Costó mucha sangre construir derechos. No podemos permitir que se los pisotee como si nada”, afirmó.
Por su parte, Guevara señaló que, pese a los discursos negacionistas o relativizadores, existen múltiples espacios de resistencia que mantienen viva la memoria: actividades académicas, actos conmemorativos y expresiones culturales en todo el país.
“El desafío es cómo transmitir lo que ocurrió a las nuevas generaciones, en un contexto donde crecen el individualismo y los discursos de odio”, sostuvo.
A 50 años del golpe, la discusión sigue abierta. Entre la memoria, la justicia y las tensiones del presente, la sociedad argentina vuelve a enfrentarse a una pregunta central: cómo construir futuro sin olvidar las lecciones del pasado.
En el marco de un nuevo aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, resurgen testimonios y reflexiones que no solo reconstruyen el horror vivido durante la última dictadura cívico-militar, sino que también interpelan el presente argentino.
El recuerdo personal de aquellos días aparece como punto de partida. “Estaba en primer año del Politécnico cuando mis padres me dijeron que se había producido un golpe de Estado. Tenía apenas 10 u 11 años y no entendía lo que estaba pasando”, rememora una de las voces consultadas. Sin embargo, lo que en ese momento parecía un episodio más dentro de una larga historia de interrupciones institucionales —iniciada en 1930—, pronto revelaría una dimensión inédita de violencia.
A diferencia de golpes anteriores, el régimen instaurado en 1976 desplegó un sistema represivo basado en el secuestro, la tortura y la desaparición forzada de personas. “Se trató de una metodología siniestra, estudiada incluso a nivel internacional, comparable en muchos aspectos con experiencias como el nazismo”, se señala. La represión no fue improvisada: implicó planificación, formación de personal y decisiones políticas que habilitaron prácticas aberrantes.
En ese entramado, las responsabilidades no se limitaron al ámbito militar. La dictadura contó con el respaldo de sectores civiles clave. Por un lado, el poder económico, representado en figuras como José Alfredo Martínez de Hoz, impulsó un modelo que incrementó exponencialmente la deuda externa y consolidó la transferencia de pasivos privados al Estado. Por otro, desde el área educativa se promovió un disciplinamiento ideológico orientado a moldear el pensamiento social.
“El terrorismo de Estado fue posible también por complicidades civiles y eclesiásticas”, advierten. Existen testimonios que dan cuenta de la participación de sectores vinculados a la Iglesia en centros clandestinos, así como del aval simbólico a las prácticas represivas.
La crudeza de los relatos sobre torturas, vuelos de la muerte y apropiación de menores sigue siendo un elemento central para dimensionar lo ocurrido. En ese sentido, el informe de la CONADEP y el histórico Juicio a las Juntas constituyen hitos fundamentales. “El Nunca Más reunió miles de testimonios y permitió, junto al juicio, establecer responsabilidades en un proceso ejemplar a nivel mundial”, destacan.
A más de cuatro décadas del retorno democrático, el panorama presenta tensiones. Por un lado, se multiplican actividades académicas, culturales y sociales que sostienen la memoria colectiva. Por otro, emergen discursos que relativizan o niegan los crímenes del terrorismo de Estado. “La llamada ‘batalla cultural’ busca borrar o desdibujar la historia para reinstalar ciertos modelos”, se advierte.
En paralelo, se cuestiona el cumplimiento efectivo de las condenas a represores, algunos de los cuales gozan de prisión domiciliaria y han sido denunciados por violar esas condiciones. “Hay una sensación de impunidad que genera preocupación”, señalan.
El debate también se proyecta hacia el presente, con críticas a la proliferación de discursos de odio y a la simplificación del análisis político. “Hoy se construyen enemigos con etiquetas, se desalienta el pensamiento crítico y se debilitan los espacios de debate”, sostienen.
En este contexto, el desafío central radica en la transmisión generacional de la memoria. “Mantener vivo el conocimiento de lo que ocurrió es fundamental para evitar que se repita. La memoria actúa como un freno frente a cualquier intento de retroceso”, concluyen.
A 50 años del golpe, la historia argentina vuelve a plantear una tensión persistente: entre el olvido y la memoria, entre la negación y la verdad. Una disputa que, lejos de saldarse, continúa abierta.






