Por Sebastián Horacio Trovato, Analista de Seguros y Siniestros.
Una mirada en primera persona sobre la conducción imprudente, el alcohol, las drogas y la anomia social que atraviesa a nuestra ciudad.
Hablar de la conducción juvenil en Rosario es empezar por una herida abierta que ya no podemos seguir escondiendo. Lo digo desde la vivencia directa de mi profesión, desde lo que veo, escucho y siento cada día: la negligencia al volante dejó de ser un hecho aislado para convertirse en un comportamiento repetido, casi normalizado, que atraviesa a gran parte de nuestra juventud… y también a muchos adultos. Es un problema
multigeneracional, pero en los jóvenes encuentra un terreno fértil donde la adrenalina le gana al criterio, la velocidad reemplaza al juicio y las normas parecen apenas un decorado callejero.
La conducción negligente: Un paisaje cada vez más cotidiano
En Rosario, la imprudencia se volvió parte del paisaje urbano. Autos y motos circulan como si fueran extensiones del impulso del momento. Se acelera sin medir distancia, se zigzaguea en el tránsito, se cruzan semáforos en rojo como si el reloj valiera más que la vida. Lo veo en avenidas como Alberdi, Oroño o Pellegrini: motores que rugen a
deshora, motos que pasan sin casco, autos que doblan sin marcar, jóvenes que manejan con una mano mientras con la otra sostienen el teléfono.
Y detrás de cada maniobra temeraria hay un riesgo real. Cuando la moto patina sobre asfalto húmedo, cuando el auto no frena a tiempo porque el semáforo se ignoró, cuando el casco no está, cuando el cinturón tampoco. La velocidad no avisa: golpea y deja marcas que no siempre se ven desde afuera.
Alcohol y drogas: Un enemigo silencioso que nubla el juicio
A este escenario se le suma la cara más peligrosa de todas: la conducción bajo efectos del alcohol o las drogas. Rosario tiene normativa de alcohol cero al volante, clara, directa, inequívoca. Pero muchos jóvenes (y también adultos) siguen actuando como si esa ley estuviera escrita para otros.
Después de una previa, un boliche o una noche en la ciudad, se repite el ritual del “estoy bien”, “controlo”, “es un toque”, y la moto o el auto se vuelve a poner en marcha. Pero no hay truco que engañe al cuerpo: El alcohol ralentiza los reflejos, distorsiona la percepción de distancia, nubla el juicio, altera la visión periférica y aumenta la falsa
sensación de seguridad. Las drogas potencian esa desconexión aún más. Y lo inevitable ocurre. No sabemos cuándo ni a quién le toca, pero siempre pasa. Son tragedias que no se deben a la mala suerte, sino a malas decisiones.
Los riesgos reales: Cuando el cuerpo deja de responder
Tanto en autos como en motos, manejar bajo los efectos del alcohol o las drogas deteriora todas las capacidades esenciales para sobrevivir al tránsito.
La visión se vuelve limitada y borrosa, los reflejos se vuelven lentos, el tiempo de reacción aumenta, la impulsividad gana terreno, la percepción de distancias se distorsiona y la coordinación motriz se debilita.
En una moto, cada una de estas alteraciones se multiplica: no hay carrocería, no hay protección, y el margen de error es prácticamente inexistente. Una mirada que tarda una fracción de segundo más en enfocar puede significar una caída, un impacto o una maniobra que no llega a completarse.
En un auto, los efectos también pueden ser devastadores, no solo para el conductor sino para cualquiera que circule alrededor: peatones, ciclistas, motociclistas o incluso otros automovilistas que nada tienen que ver con la decisión irresponsable de otro. El cuerpo, simplemente, deja de responder a tiempo. Y en la calle, responder tarde
equivale a no responder.
Cuando falta educación vial, también faltan adultos presentes
Esta problemática no nace solo de la rebeldía juvenil: nace de la ausencia. Ausencia de educación vial real, sostenida, práctica y emocional. Ausencia de límites claros.
Ausencia de acompañamiento adulto.
Muchos padres, incluso con buena intención, dejaron de transmitir el valor del respeto por la vida ajena, por el peatón, por el ciclista, por el que cruza distraído, por el que vuelve del trabajo. Se repite que “los chicos son así”, como si la imprudencia fuera inevitable y no el resultado de conductas aprendidas, permitidas y, muchas veces,
celebradas.
Pero también fallamos como sociedad. Fallamos cuando vemos y no decimos, cuando naturalizamos manejar sin casco, cuando festejamos la velocidad, cuando justificamos: “es joven”, “son cosas de chicos”, “está apurado”.
El cuerpo no entiende excusas: Las consecuencias son reales
Cuando el auto derrapa o la moto se desliza, el cuerpo responde con su propio lenguaje: pérdida de control, golpes, fracturas, traumatismos, daños neurológicos, vidas interrumpidas. El cuerpo no negocia. No entiende ironías ni frases como “total es un ratito”.
Y lo cierto es que cada vida afectada no es solo una estadística: es una familia rota, una historia abruptamente detenida, un futuro que ya no será.
Salir de la anomia: Cómo recuperamos la responsabilidad social
Aun así, no todo está perdido. Una sociedad joven (y no tan joven) puede salir de esta anomia si recupera tres pilares fundamentales:
– Educación. No solo señales y normas: conciencia real de riesgo, respeto por los demás, aprendizaje emocional.
– Responsabilidad. Manejar es un acto público. Siempre afecta a otro. Siempre.
– Empatía. Entender que detrás de cada persona en la calle hay una vida que alguien ama.
Rosario necesita recuperar el valor de lo colectivo. Necesita que cada conductor (de auto o moto) entienda que la vía pública no es un espacio privado, ni un juego, ni una extensión de una noche de fiesta. Es un lugar donde todos convivimos y donde cada decisión puede salvar o arruinar una vida.
Un cierre que ya no admite excusas
Lo digo en primera persona porque también soy parte de esta ciudad que intenta no perderse entre la indiferencia y el dolor. Y porque no podemos seguir llamando “accidente” a lo que en realidad es negligencia.
Rosario necesita que sus jóvenes bajen un cambio. Que entiendan que una moto no es un juguete, que un auto no es un escudo, que el alcohol y las drogas son incompatibles con la conducción. Necesita adultos que acompañen, enseñen y marquen límites.
Necesita que dejemos de mirar para otro lado. No podemos seguir pagando con vidas una irresponsabilidad que sí se puede evitar. Y el primer paso, como siempre, es asumirlo.






